El bullying (y mi experiencia)

Esta presentación de Marta Medina, Andrea y Lidia, me hizo pensar. Es un tema duro, pero que ellas han sabido tratar con sensibilidad, claridad y más datos que un informe del FBI.

He aprendido, reflexionado y hasta me dieron ganas de aplaudir antes de que terminaran de explicar la primera diapositiva.

Comenzaron con una definición seria, de esas que te hacen dejar de mirar el móvil (sí, lo admito, lo estaba mirando, pero luego ya no).

Y nos soltaron una pregunta que nos hizo pensar: ¿Por qué alguien hace bullying?

Y sinceramente más allá de las causas psicológicas, creo que muchas veces es porque nadie le ha parado los pies a tiempo. A veces el problema no es solo el agresor... sino el silencio alrededor.

El agresor y la víctima:

Esta parte me pareció muy acertada (y bastante cruda): analizaron el agresor y a la victima, como si fueran personajes de una historia que, por desgracia, todos conocemos.

Yo me he visto reflejada en más de un rasgo de la víctima: la timidez, la diferencia, la sobreprotección familia... (gracias, mamá).

También han hablado de tipos de Bullying y el que me hizo pensar más fue el cyberbullying, porque me hizo recordar situaciones en redes sociales que, ahora que lo pienso, eran claramente acoso... y muchos lo veíamos como una simple "broma".

Me encantó que hablasen del papel del profesorado, porque muchas veces los dejamos fuera de la ecuación. 

Los profes no solo están para regañar: son los primeros que pueden detectar, mediar y apoyar.

Y lo digo como alguien que sí que tuvo una profesora que sí actúo, y cambio mucho más de lo que parecía.

La sección más dura de su presentación fue la de la salud mental: Ansiedad, depresión, estrés postraumático, pensamientos suicidas...

Y mientras escuchaba me preguntaba: ¿Cuantos de nosotros habremos normalizado sentirnos así, sin saber que el origen es algo que nunca debimos aguantar?

Porque no siempre se nota desde fuera, pero por dentro... deja cicatrices.

Y por último nos han compartido noticias reales. Historias que duelen y que podrían pasarle a cualquiera. A mí personalmente me impactó el caso del chico con parálisis cerebral agredido... y la frase de su madre:

"Sigo viendo el vídeo para tener fuerzas para luchar"

Eso me llegó al corazón. Porque no solo es una historia, es una batalla diaria para muchas familias.

Después de escuchar la presentación de mis compañeras sobre el bullying, no pude evitar pensar en mi propia historia. A veces el bullying no viene en forma de empujones o insultos directos. A veces es el silencio, la exclusión, las risas bajitas que no entiendes… pero que sabes que son sobre ti.

Soy hija de una pareja de inmigrantes marroquíes y, aunque nací en España, en mi casa siempre se habló dariya, el dialecto árabe de Marruecos. Por eso, cuando llegué al colegio, no hablaba una palabra de español. Recuerdo entrar directamente al último curso de infantil sin entender lo que los demás decían. Ellos jugaban, se reían, compartían... Yo observaba. Todos tenían amigos menos yo.

Y no era solo el idioma: vivía en un pueblo pequeño, donde no había más marroquíes en clase. Yo era “la rara”, la que no sabía hablar, la que no tenía referentes ni alguien que entendiera por lo que pasaba. Como mis padres se mudaban mucho, también cambié constantemente de colegio, lo que solo aumentaba mi sensación de no encajar nunca.

Hay recuerdos que se me quedaron grabados. Como esa vez (bueno, fueron dos) que invitaron a toda la clase a un cumpleaños... menos a mí. Me pasé días esperando la invitación, pensando que tal vez se habían olvidado o que llegaría más tarde. Pero no. No llegó. Ni una, ni otra vez. Y es entonces cuando el silencio duele más que cualquier insulto.

En sexto de primaria, al cambiar de nuevo de colegio, mi nombre se convirtió en el chiste del día. De Munia pasaron a llamarme Momia. Ahora lo digo con cierta indiferencia, incluso con una sonrisa irónica. Pero en ese momento, me dolía. Porque no eran mis amigos, ni me conocían. Solo se quedaron con lo diferente.

Hoy miro atrás con más fortaleza. Sé que esas experiencias no me definen, pero sí me han marcado. Me han enseñado a tener empatía, a ver a quien está solo, a no quedarme callada ante la injusticia.







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